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Otro de vampiros {Novela}

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Otro de vampiros {Novela}

Mensaje por Lilith Delacourt el Lun Abr 18, 2011 11:15 pm

Pues, tengo este escrito, todavía no lo termino, apenas lo comencé. Es de vampiros. Les voy a subir el primer capítulo.


Capítulo 1
Epílogo


¿Cómo podía ser posible que me atrapara tan fácil? ¿A caso no era yo misma la que innumerables ocasiones había intentado hundirle una flecha en su pétreo corazón?
Que bajo había caído.
A los pies del vampiro.
¿Cómo había llegado ahí? Yo, la última caza vampiros del país. Quizá del mundo.
Ya nadie creía en esas cosas. Lo tomaban como si fuera un cuento barato. Tonterías, patrañas de gente sin oficio ni beneficio. Más ellos qué sabían. Las personas ni siquiera se imaginaban lo que un cazador tenía que pasar para matar a un inmundo chupasangre. No poseían la más remota idea de las atrocidades que esos monstruos podían causar si se daban cuenta de que alguien estaba detrás de ellos para arrancarles de una buena vez su mísera vida. Claro, si era eso lo que tenían.
Sus manos atenazaban mi cuello. Mis pies ni siquiera tocaban el suelo. ¿Me había levantado? No lo dudé, su fuerza era inquebrantable, y, bueno, yo sólo era una hormiga a su lado.
Intenté lanzarle una patada, pero el impulso fue tan débil que sólo conseguí quitarme la poca fuerza que me quedaba.
Cerré los ojos, en espera del indiscutible final.
Mi final.
Iba a morir, eso era tan seguro como que Will era un vampiro. Tan seguro como que había fracasado en mi misión.
Tres años de lucha, en vano.

—¿Qué se siente, Sookie? —su voz sonaba como siempre, embriagante, seductora, tan fuerte como para romper un inútil cristal.
—Ma…mátame…de una buena…ve…vez —las palabras salían atropelladas e inconclusas de mi garganta—. ¿Te de…leitas viendo…me su…frir? —me faltaba el aire.
Empecé a marearme, a perder la noción del tiempo y del espacio. Todo se volvía oscuro, incluso en la sobra de mis párpados cubriendo mis córneas.
—Tienes razón, pequeña, Sookie. Es totalmente satisfactorio y altamente reconfortante ver cómo te pierdes a cada segundo. Pero, descuida, pronto acabara.
—Grandí…simo i…idiota.
Escuché a lo lejos su risa. No eran carcajadas, era la misma risita serena que le había escuchado miles de veces antes.
Aún sádico me seguía pareciendo un ser extremadamente interesante. Una de las pocas cosas de verdadero interés en el mundo. Los vampiros siempre habían sido criaturas de la noche; sus historias estaban desde el comienzo de la vida en la Tierra. Caín fue el primer vampiro de la historia. A él le siguió Lilith, quien se convirtió en serpiente para dar a Eva la fruta prohibida, misma que abriría el portal de los pecados para la raza que apenas comenzaba. Después de ellos, había habido muchos más vampiros.
Los prehispánicos como Camazotz, el Dios murciélago, maestro de los misterios de la vida y de la muerte, quien muchas veces mataba con su sola presencia y otras permanecía oculto acechando a sus víctimas.
Cihuacoatl o Cihuatateo era una Diosa mitad humana y mitad serpiente, murió en el momento de dar a luz, volvió a la vida y se encargó de matar a todo niño recién nacido en venganza, por aquél hijo que le había provocado la muerte, claro, los mataba bebiendo su sangre.
Otra vampiro prehispánica fue la Tlahuelpuchi, aparentemente una mujer normal, pero de gustos extraños. Ella tenía que beber la sangre de un infante por lo menos una vez al mes para poder sobrevivir.

Los vampiros antes de Cristo, acosados por los primeros cazadores de la historia. Ellos eran la diosa hindú Kali Ma, a quien le gustaba matar bebiendo sangre principalmente de hombres.
Empusa, una semidiosa de la mitología griega, conocida desde el 150 antes de Cristo, hija de la diosa de las tierras salvajes y de los partos, Hécate, y del espíritu maligno Mormo, quien se alimentaba de niños. Empusa hipnotizaba a los hombres con sus encantos, como muchos vampiros de la edad actual, los llevaba a sus aposentos y les arrancaba la vida bebiéndose la esencia, o en otras palabras, la sangre.
El Pontiak, era una bestia nacida en Malasia, también era una mujer muerta en el parto e igual que Empusa, atraía a los hombres con su belleza y les arrancaba la vida de una manera muy violenta, les sacaba las entrañas para después beberse la sangre de la víctima.
Yo había aprendido de ellos con el paso de los años. Los vampiros que siempre conocí gracias a mis padres, fueron los que aparecieron en la biblia. Claro que en el Nuevo Testamento no se mencionan por que fue considerado una blasfemia. Incluso así, yo siempre creí en su existencia. ¿Por qué? Sencillo. Si en esta época, en pleno siglo XXI, había vampiros, ¿Por qué no creer en los que existieron en los primeros siglos de la raza humana?
Lilith, es la madre poderosa de los vampiros, fue la primera mujer de Adán, creada de la misma arcilla que él. Se hace mención de que esta mujer propuso el ámbito sexual en Adán. Éste la rechazó y le contó a Dios, quien la expulso del Paraíso. Ella se escondió en una cueva cerca del Mar Rojo, encontrando ahí a Samael. Tres ángeles la buscaron por toda la Tierra para que regresara al Edén con Adán, pero ella se negó convirtiéndose en demonio. Desde entonces se dedicó a robar niños para devorarlos, primero bebía su sangre y después el resto del cuerpo seco era devorado por sus propios dientes. Nunca se supo de un cazador o sacerdote que encontrara a Lilith para darle muerte, por lo que mis padres me advirtieron que quizá ella aún siga rondando por el mundo matando para mantenerse con vida.
El primer vampiro hombre de la historia fue Caín, mis abuelos me contaron que Caín no fue hijo de Adán, sino de Samael, quien ayudando a Lilith para vengarse de Eva la dejó embarazada. Como muchos religiosos y no religiosos saben, Caín mató a su hermano Abel por celos. Yahvé castigó a Caín con estas palabras: “Caín, andarás errante y vagabundo sobre la tierra… y si alguien matara a Caín, será éste vengado siete veces”.
A Caín, Lilith lo asistió, dándole de comer y vistiéndolo.
Éste mismo fue el primero en ser castigo con las sombras. Según los relatos de mis abuelos, después de matar a Abel, Caín realmente se arrepintió, por lo que obedeció el castigo que le habían impuesto. De ahí que muchos de los vampiros de la historia sólo se aparecieran de noche. Aunque, extrañamente muchos habían encontrado la forma de caminar a plena luz del día entre la multitud. Eso era una de las cosas por las que me parecían criaturas extrañas e interesantes. A Caín nadie le puede matar, pues el mismísimo Dios ordenó expresamente que nadie lo hiciera o de lo contrario se le vengaría siete veces. Es por eso que yo misma creo que él sigue vivo, vagando por ahí, en algún lugar del mundo, quizá caminando justo a mi lado. Es el vampiro hombre más antiguo, ¿Cuántas cosas no pudo haber aprendido ya? Sin duda alguna, ese debía ser el ser más inteligente de la Tierra. Y… yo no iba a encontrarlo.

—Tómalo como un nuevo comienzo, Sookie —murmuró el vampiro soltando un poco mi cuello—. Niégame ahora que no te interesa ser como yo.
—Gracias… por la oferta… pero me temo que la rechazaré. Si vas a matarme hazlo —el aire volvía a entrar a mis pulmones. Me sentía agitada y mareada. ¿Qué rayos pretendía Will dejándome respirar y no matándome en un segundo?
Él rió divertido. De verdad que era un maldito bastardo.
—¡Já! Sabes, mi muy querida cazadora —sus manos se separaron de mi cuello y se quedaron sobre mis hombros, no me apretaba más. Sus labios se acercaron a mi cuello, rozó la piel del mismo con su nariz aguileña—, me encantaría que fueras una más, una de mi estirpe. Quiero que sientas lo que es ser un vampiro; que sufras lo que sufrimos todos al inicio.
Will levantó su cara, alejándola de mi cuello, la dejó a centímetros de la mía. Me clavó sus penetrantes y centelleantes ojos, como si se incendiaran, como si la sangre que bebiera se le almacenara en ellos. Acarició el contorno de mi rostro, su voz sonaba aterciopelada, serena, casi gentil.
—¿No te gustaría estar conmigo? Yo jamás te dejaría sola. Yo no haría lo que tu amigo Dean.
La sangre se me heló al escuchar de nuevo ese nombre. Y no es que lo hubiera olvidado. No, yo misma lo recordaba diariamente en mi mente. Dean era mi mejor amigo, mi compañero de clases, de expediciones y misiones, mi aprendiz. ¿Qué por qué William decía que él no me abandonaría como lo había hecho Dean? Porque, en efecto, me había dejado, así sin decir nada, sólo dejó una nota de unas cuantas líneas. Mismas que tenía grabadas en lo profundo de mi alma.

Querida Soo.
Perdóname por no tener el valor de decirte esto personalmente, pero me habrías detenido. No puedo seguir con esto, Sookie. Necesito vengarme para sentirme útil.
No me esperes. Quizá no vuelva.
Gracias por esos maravillosos tres años. Pase lo que me pase, Sookie, ni muerto me olvidaría de ti.
Siempre te querré.
Dean.


A los padres de Dean los había matado un vampiro ante sus ojos, hacía poco más de siete años, entonces él tenía trece años. Dean había logrado escapar a salvo. Se refugió con un familiar, el cual hasta ese día en que le contaron lo sucedido creyó indudablemente en la existencia de esas criaturas bebedoras de sangre. Lo que mi amigo no sabía, era que yo había dado con ese vampiro. No era otro más que William.
Ahora Dean no sólo habría perdido a sus padres, sino también, y sin siquiera saberlo, perdería a su amiga.
Las lágrimas estuvieron a nada de caer por mis ojos, pero no debía dejarme ver frágil, no frente a la sanguijuela que tenía enfrente. Eso sólo provocaría que terminara por convertirme en la alimaña que él deseaba que fuera.
—Si vas a matar a alguien sólo hazlo, no tienes que darle primero un sermón.
El vampiro elevó una ceja sin dejar de mirarme con sus dilatados ojos carmesíes.
—Vamos, pequeña, sólo te dolerá un poco. Haz soportado años de dolorosa soledad sin tus adorados padres. No creo que no toleres una hora de ardor en tu garganta.
¿Una hora? Pensé que el cruce era más rápido.
—No malgastes tus propuestas conmigo, engendro, no aceptaré —seguí negándome ante sus fervientes invitaciones. En absoluto, nunca jamás aceptaría algo así. Prefería morir antes que convertirme en un monstruo chupasangre. Mi vida había sido de constante lucha para acabar con esa raza que nunca debió haber sido creada. ¿Cuál era la finalidad de esas bestias con apariencia humana? ¿Por qué les habían dado la oportunidad de existir? Siempre me preguntaría eso.
—Es más estimulante cuando la presa se niega.
Su hermosa sonrisa, me seguía causando la misma sensación de la primera vez que le vi: repulsión. Esos malditos vampiros no eran otra cosa que una abominación. Nadie tenía por qué guardarles respeto cuando ellos mismos no le tenían el más mínimo afecto a la vida humana. Se alimentaban de ella como carroñeros. Sin importarles arrancar la vida a una persona con familia, con sueños, con esperanzas y anhelos.
De pronto sus manos se sentían suaves, generosas. Llevó una a mi cara, deslizó sus dedos por mi mejilla, luego por mi mentón hasta llegar a mi cuello, su otra mano sostuvo una de las mías. Con la mano libre intenté alejarle, pero era en vano, la fuerza de Will era superior a la mía por mucho.
No podía huir, su mano me sostenía con fuerza, su cuerpo me impedía salir a cualquier dirección, estaba acorralada contra la pared de mi habitación. Las ventanas estaban cerradas y las cortinas corridas. A nadie le parecería extraño eso, ya que siempre las dejaba así.
Su sonrisa se hizo más grande, sus ojos más brillantes y su rostro más rígido. Sabía lo que eso significaba. Iba a atacar por fin.
—Está decidido, Sookie. Serás una excelente compañera para mí.

La mano que descansaba en mi cuello se movió, levantando ligeramente mi mentón, me hizo mirar el techo. Cerré los ojos mientras sus labios entreabiertos se dirigían a mi garganta. Abrió sus labios y sentí claramente la punta de sus colmillos.
Todo estaba perdido.
Yo había perdido.
Era mi final. El fin de Sookie Evans como humana.
—¿Sabes que me mataré después de que me conviertas en una sanguijuela, cierto? —obviamente no me quedaría así, era preferible desaparecer completamente.
Will despegó sus labios de mi cuello.
—Arruinas el momento, querida.
No intentaba retrasar el inevitable final, sólo quería que el bastardo lo supiera.
Volvió a posar sus labios en el lugar donde mordería.
Ya no opinaría nada, sólo esperaría, de todas formas él lo haría. Nadie acudiría a rescatarme como en los cuentos de princesas. No, porque yo no era ninguna doncella, siempre había sido la chica ruda de la clase, mal hablada y anormal.
Ahora si era el final.


—¡ALÉJATE DE ELLA, ALIMAÑA INFERNAL!
Esa voz… el tono proveniente de ese sonido musical y al mismo tiempo irritante, yo lo conocía. Mis ojos se abrieron como platos al instante del estruendo. La puerta chocó contra la pared cuando se abrió de golpe -más bien, cuando él la lanzó de una patada-, me encontré con los ojos más iracundos que hubiera podido ver en mi vida. Con el rostro delgado y pálido que me era tan familiar. Con esos labios que siempre habían tenido una sonrisa para mí, pero que ahora se torcían en una mueca de repulsión, de odio y de cólera.
Will se giró sin prisa. Él también conocía perfectamente esa voz. Se encontró de frente con la catana más afilada que pudiera haber visto antes.
—Valla, valla, valla —pronunció pasando su brazo por mi cuello y situándome frente a él. Como si fuera un rehén—. Pero miren nada más a quién tenemos aquí. El héroe de la historia: Dean Gilles.
—Dean…
Mis ojos se llenaron de espesas lágrimas. Mi amigo estaba ahí, frente a mí, frente a su peor enemigo y su mejor amiga. Aferraba una catana de 130 centímetros dirigida a la frente del vampiro. No podía evitar no llorar. Tres meses habían pasado desde la última vez que le había visto. Y ahora, estaba justo frente a mis empañados ojos.
—¡Quítale las manos de encima! —volvió a reclamar. Las venas de su cuello se marcaban manifestando su coraje.
El vampiro me asió más contra su cuerpo y de la misma forma apretó más su brazo contra mi garganta.
—¿Y qué si no lo hago?
Dean levantó su catana un poco más. La afilada punta de ésta quedo justo en el centro de la frente de Will. Una gota de sangre oscura se derramó de su frente, resbalando hasta sus labios.
—Ahh, el dulce néctar de la vida. Aunque, sabes, imprudente jovencito, no debiste hacer eso. ¿A caso tu amiga, Sookie, no te enseñó que a los vampiros no nos gusta beber de nuestra propia sangre?
—Me importa un bledo lo que te guste o no, Sille.
—Qué sutil, Gilles. Veo que ya hasta conoces mi apellido. Vas progresando, pero me temo que no es suficiente para acabar conmigo. Se necesita más que una espadita para matar a un vampiro.
En efecto, si Dean atacaba a William, de nada serviría su catana, sólo lo dañaría una mínima parte. Quizá podía cortarle un dedo, con mucha suerte un brazo. Aunque…
—Si corto tu estúpida cabeza, estás perdido.
Sentí fácilmente como el cuerpo mi opresor se tensó.
Era algo así como el secreto para matar a un vampiro, aunque después había que sacarle el corazón al cuerpo y quemarlo, para al final esparcirlo sobre las aguas de un río que llevase corriente. Eso lo había aprendido mi padre de mi abuelo, yo de mi padre y ahora Dean de mí. Esa fue la última lección que le había dado. La técnica para matar a un vampiro y evitar que volviera después a la vida.
Confiaba en mi amigo, le había enseñado la teoría, pero nunca habíamos llevado los movimientos a la práctica. Podría fallar y los dos terminaríamos muertos al instante.
—Qué listo, Gilles. Veo que tu amiguita te enseñó bien. Lástima que tendrás que usar sus propias enseñanzas contra ella misma cuando sea una sanguijuela como tú me llamas.
Mis ojos seguían inundados en lágrimas. La emoción de ver a Dean de nuevo era lo único que me envolvía. Al menos podría despedirme de él antes de que pasara a otra vida.
Deseaba abrazarlo, pero el brazo de Will me atenazaba el cuello. Moría por hablarle pero mi garganta estaba cerrada, bloqueada por un nudo de emociones: dicha por verlo de nuevo, miedo porque pudieran dañarlo y vergüenza porque moriría en las manos de un vampiro.
Él ni siquiera me miraba, sus ojos estaban clavados en su adversario, atentos a cualquier movimiento que éste pudiera hacer. En cambio la mirada del vampiro se posaba en mí y en su amenazante contrincante. Al final me miró sólo a mí.
—Que tierna te vez llorando, cazadora. Después de todo no eres tan ruda…
Dicho eso, un leve viento chocó contra mi cara, escuché un zoom y sentí como la sangre volvía a circular por mi cuello. Libre de nuevo. El vampiro yacía en el piso, una mano cubría la mitad de su cara. Su propia sangre le impedía ver. Dean había sido más rápido que él. Aprovechó el corto descuido de Will para atacarle. Otra de las cosas que le había enseñado: nunca pierdas de vista al contrincante.
Libre de las garras de mi secuestrador corrí al lado de mi amigo. ¿Me daría el tiempo para sacar mi ballesta de debajo de mi cama?
Como leyéndome el pensamiento, Dean asintió sin dejar de apuntar al vampiro que se reincorporaba despacio.
Rápidamente me tiré al piso y busqué bajo la cama mi preciada ballesta con flechas de 30 centímetros y punta acero bañada con agua bendita, suficientes para atravesar el cráneo o el corazón de un chupasangre. Me quedé abajo, empuñando la ballesta con ambas manos, preparada para disparar.
—Hasta aquí llegaste, William Sille —pronuncié cerrando un ojo para centrar la mirilla y no fallar.
Will rió sádicamente poniéndose completamente de pie.
—No, yo no lo creo.
Terminada la frase, millares de partículas de vidrio llenaron la habitación, un fuerte sonido sordo cubrió el piso completo de la segunda planta de mi casa. Cubrí mis ojos con mi antebrazo. Cuando las partículas dejaron de caer, me puse de pie, caminé hasta lo que antes era mi ventana y ya no se veía a nadie en la calle oscura. Will había escapado por la callejuela.
Todavía traía la ballesta en mi mano derecha. Al girarme de nuevo, me encontré con la silueta de Dean. No, no sólo era su silueta, esa que tantas veces había sido producto de mi imaginación cuando se había ido. Él estaba ahí. De pie frente a mí.
A la vez dejamos caer nuestras armas y nos hundimos en el más caluroso abrazo que nos habíamos dado jamás.

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Lilith Madeline Delacourt
«Se deben cometer los pecados más atroces, porque Dios sentirá un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores»


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